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Palabras desde el alejamiento social

IMG_802115 días ya en casa. No sé bien cómo sentirme. Aquí estoy bien, es mi hogar, mi refugio (ahora, literalmente). “Describe tu casa”. Es una de las preguntas que solemos realizar en las entrevistas que hacemos a directivos para analizar su lenguaje . ¿Cómo? “Describe tu casa”. Cuando contestan con frases que incluyen la palabra “refugio” sabemos mucho más de la vida de esta persona. Tiene que defenderse, necesita protección, está en guerra en algún lugar de su vida. Fuera caen bombas.

Ahora, la única metáfora que resume nuestra situación como sociedad en el mundo es “en guerra contra el coronavirus” . Me interesa el lenguaje, escucho y leo buscando otras metáforas que describan la situación pero no destacan, solo palabras bélicas: en guerra, en primera línea de defensa, enfrentando, luchar, atacar, resistir. Ganar. Refugiarse en casa. Refugio. Las palabras no son inocentes, crean realidades. Así que aquí estoy, en mi refugio. Leo mucho, es mi pasión y mi profesión. Acabo de terminar una gran novela “Recuerdos del porvenir” de la mexicana Elena Garro. ¿Cómo no la descubrí antes? Y me he sentido atrapada emocionalmente por uno de sus personajes, Juan Cariño. Un loco entrañable y cabal, enamorado de los diccionarios, con una misión limpiadora:

“Su misión secreta era pasearse por mis calles y levantar las palabras malignas pronunciadas en el día. Una por una, las cogía con disimulo y las guardaba debajo de su sombrero de copa. Las había muy perversas; huían y lo obligaban a correr varias calles antes de dejarse atrapar (…) Al volver a su casa, se encerraba en su cuarto para reducir las palabras a sus letras y guardarlas otra vez en el diccionario, del cual no deberían haber salido nunca. Lo terrible era que, no bien una palabra maligna encontraba el camino de las lenguas perversas, se escapaba siempre, y por eso su labor no tenía fin.”

En días de fiesta, Juan Cariño, el loco de Ixtepec, era el más feliz: estaba de vacaciones porque las palabras que estaban en el aire eran sus palabras predilectas y su sombrero estaba vacío de palabras perversas.

He descubierto estos días palabras que quisiera que Juan Cariño guardara todas las noches en su sombrero de copa, capturándolas por las calles de mi ciudad, de mi barrrio, para que nos librara de sus efectos. Enfermos y muertos, tristeza y angustia. Y también otras menos evidentes, a las que no había hecho mucho caso antes por nuevas, por defensivas.  “Distancia social”. Sí, vale, lo sé, a dos metros. Sin abrazos ni besos. Nada de grupos.  Ahora leo “Alejamiento social”.  Más intensa, más negativa. Los investigadores lo definen así: “Reducir el contacto fuera del hogar, en la escuela o en el lugar de trabajo en un 75 %”. Todas las naciones deben imponer el alejamiento social. Minimizar el contacto social, lo que, en general, reduciría el número de contactos en un 75 %  (Pienso que tendremos que pensar y elegir muy bien quién formará parte de ese 25% de personas con las que sí tendremos “cercanía social”).

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Foto de ilustración original de Jimmy Liao

Cuando la distancia social y más grave, el alejamiento social, se instalen en nuestras ciudades, en nuestros barrios, nuestra actual forma de vida saltará por los aires. Parecen palabras neutras y no lo son, la realidad que nos traen es perversa, con consecuencias en todas las dimensiones de la sociedad, personales y económicas.

Hoy, sin saber aún cómo sentirme, quisiera ver a Juan Cariño pasear por nuestras calles para capturar rápidamente estas palabras en la noche y tras volver a casa, reducir las palabras a sus letras y guardarlas otra vez en el diccionario, de donde no deberían haber salido. Nunca.

“Cuando yo muera, alguien tiene que heredar mi misión limpiadora. Si no, ¿qué será de este pueblo?”        Juan Cariño.  Personaje de Elena Garro.

 

 

lenguaje, Sin categoría

El tiempo africano

781954A9-B8C7-4E9E-8556-070C75C8A854[conferencia 17-5-2018 #DisruptHRmad]

 

Estar en silencio está mal visto, no está de moda, pero para reflexionar y acoger necesito tiempo

Nos solemos llevar mal con el tiempo, pensamos que va en contra nuestra… por eso procuramos llenarlo, atiborrarlo de palabras

Trabajo con la alta dirección y en los departamentos de RRHH de grandes empresas, que dicho sea de paso, tratan muy mal lingüísticamente a su tiempo…Lo maldicen, lo insultan, nunca están satisfechos “llego agotada, voy de cabeza, no me da la vida, se me ha echado el tiempo encima, me ha cogido el toro, voy a sacar 10’ de mi tiempo, llego tarde, se me va la vida en reuniones, déjame que te robe un minuto…”, y eso hace que: no estén presentes, siempre con la cabeza puesta en otro sitio, normalmente en lugares, con personas que todavía no han llegado. Es un problema, porque el liderazgo se vuelve atropellado, impulsivo, insatisfecho y poco reflexivo.

¿os sentís reflejados en estas frases? ¿Os pasa a vosotros? ¿Lo veis en vuestras organizaciones, un liderazgo atropellado, impulsivo, insatisfecho y poco reflexivo?

Tenemos dos percepciones del tiempo, una es un constructo humano, extraño a nosotros, lo hemos creado para poner orden, articular, organizarnos, estructurarnos, está compuesto por segundos, minutos, horas, corre en nuestra contra: es el tiempo objetivo, el cronos, ese que habita en el hemisferio izquierdo y que ha tomado el control en las empresas. Vive al margen de nosotros pero nos impone su ritmo.

La otra percepción es interna, forma parte de nuestra vida y nuestras decisiones, habita en el hemisferio derecho se llama kairós, y ha sido testigo de todas nuestras decisiones vitales. El kairós necesita de poso, aire, es un tiempo que se respira, va a nuestro favor, el que da información de nuestras emociones, sentimientos y las del otro, es más sutil y delicado y, sobre todo, requiere de PRESENCIA.

En algunos lugares de África, en Ghana, Uganda, Tanziana, las reuniones empiezan cuando están presentes todas las personas que tienen que asistir, el autobús sale cuando está lleno, los saludos entre parientes duran el tiempo necesario para saber uno de la vida del otro, el tiempo es un elemento que aporta, no que resta, es un espacio de disfrute, de verdadera acogida que favorece la convivencia; es un concepto elástico del tiempo, donde el ser humano toma el control y es dueño de él.

Os invito a que equilibremos los dos tiempos en los equipos de trabajo, en la Dirección de RRHH y la alta dirección.

El lenguaje es la herramienta más poderosa que tiene nuestro cerebro, tenemos un cerebro que se ilumina con las palabras, chisporrotea, conecta o desconecta neuronas, es verdaderamente el gran catalizador del cambio y el aprendizaje. Con las palabras ideamos, proyectamos, soñamos, le ponemos nombre a lo que nos pasa, se nos pone cara de lo que decimos y de lo que callamos, porque nuestra habla interior, las palabras que nos decimos internamente, es material de primera para estancarnos, evolucionar o cambiar.

9BA38D08-D852-4146-8DD2-B2E955DC3443Por eso el entrenamiento que propongo es que hablemos bien de nuestro tiempo, que paremos cualquier frase o palabra que vaya en contra de él: es el tiempo enriquecido, que es lo mismo que decir el yo enriquecido.

Debemos introducir palabras que nos permitan elegir vivir el tiempo por el que discurre nuestra rutina, para ello son necesarios los verbos de voluntad o lúdicos “me apetece, quiero, me gusta, disfruto con…” verbos que nos permitan conectar con nosotros mismos y con el otro.  Sólo tiempo, tiempo humano, “Estamos hechos de tiempo compartido”E76EC5E0-4639-4FA5-881E-8B80759D38F1

Confianza, lenguaje

Matronas y violencia de género: construyendo el lenguaje de la confianza

He tenido el enorme placer de ser ponente en el curso de especialización para matronas organizado por la Escuela de Enfermería de la Universidad de Barcelona. Forma parte de un ambicioso y necesario proyecto de investigación impulsado por RecerCaixa: Prevención y detección de la violencia de género durante el embarazo.

Conferencia Diana Yoldi en Universidad de Barcelona Escuela de Enfermería
Cómo generar confianza a través del lenguaje en el diálogo entre matrona y paciente

 

El diálogo con la paciente se convierte para estas grandes profesionales en la herramienta a través de la cual pueden detectar e intervenir cuándo se está produciendo violencia de género contra la mujer embarazada. Diálogo basado en la confianza. Por ello, conocer cómo es su lenguaje, qué tipo de comunicación habitualmente emplean en su trabajo, reflexionar sobre si se expresan de la forma adecuada para construir la relación de confianza con la mujer embarazada, es su camino de perfeccionamiento profesional.

Agradezco desde aquí a las magníficas profesionales que impulsan esta iniciativa todo cuanto he aprendido de ellas. Fue un día magnífico.

Ponentes Jornada DETECCIÓ I ABORDATGE DE LA VIOLENCIA MASCLISTA A L’EMBARÀS

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Lenguaje Positivo, Palabras

Palabras como senderos

 

C0B140E1-20D1-46B1-A43A-DF3D7ABD2830En el árbol de decisiones vitales en que se convierte nuestra vida, las palabras abren pequeñas sendas que nos invitan a avanzar a través de ellas. Las hay timoratas, juiciosas, pacientes, curativas y enfermizas, impetuosas, sonoras, bellas, incautas … todas ellas cargadas de información e intención, como un chip, una bacteria, un gen, valiosas en si mismas, prolíficas y, sobre todo, accesibles para ser pensadas y, en el mejor o peor de los casos, dichas en el instante. Predicen nuestra emoción, la acompañan, a veces, la vomitan y, siempre, siempre, la alimentan, la nutren, la generan, sobre todo, las palabras interiores, esas que acceden directamente a nuestro cerebro por sendas internas. Se convierten en la medida de la mayoría de las cosas en esta vida, nos definen, nos catalogan, dicen de quienes somos y de quienes no queremos ser, de nuestros gustos, aficiones, proyectos, frustraciones y deseos. Son livianas o pesadas, nos dan o nos quitan la vida o la salud, en la medida en que recorremos su esencia y nos dejamos llevar por ellas.

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De esta forma, queremos presentar algunos ejemplos de palabras o expresiones que nos han acompañado en nuestra labor, y por ello, han sido el sostén de nuestras formaciones y las personas que han pasado por ellas. Son saludables, enriquecen y cultivan lo mejor que tenemos dentro, nos dan la vida porque son vitales, nos hacen tener iniciativa, nos motivan y convocan emociones positivas y, lo mejor de todo, protegen a nuestro cerebro y a nuestro sistema inmune. Disfrútalas, ponlas en marcha, úsalas o guárdalas en el cajón en espera de una ocasión más propicia, estas palabras te pueden salvar la vida, literalmente,  la tuya y la de las personas que más quieres. ¡Buen provecho!:
Sí  Junto con el “no”  y nuestro propio nombre es la primera palabra que aprendemos y la que marcará los futuros aprendizajes. Va diluyéndose según nos adentramos en la vida adulta, igual que nuestra capacidad infantil de dibujar lo que sea en cualquier momento (“¡niño, coge un boli y pinta!”). Abre puertas y está detrás de cualquier proyecto vital, detrás de lo bello y lo bueno, de lo grande y lo ambicioso, alimenta nuestras decisiones vitales, nos da energía, nos confirma y cultiva nuestra autoestima. Es la palabra más bella, la más resistente, la mejor para empezar a querer y seguir queriendo.

No Es el reverso del “sí”, la otra cara de la moneda, el mundo del límite, la necesidad de respetar y ser respetado. Es necesaria como el aire que respiramos, hace falta para disponer libremente de nuestro tiempo y nuestra vida, nos educa, nos ayuda a crecer y entender que los recursos, el tiempo, las personas son escasas. Es difícil de decir porque sentimos que tiene escasa empatía y, sin embargo, cuando la decimos nos sentimos ligeros, libres y honestos, que es la base de cualquier relación empática.

Imaginar los verbos son la esencia, no se puede hablar, escribir o vivir sin ellos, nos impulsan y crean realidades, acciones e imponderables; dentro de todos ellos el verbo “imaginar” nos lleva a otros escenarios, nos da futuro, alimenta de forma rápida y certera la parte visual de nuestro cerebro, que, hay que decirlo, sueña y piensa en imágenes. Es tan potente su efecto que una vez que se expresa, aquellos que escuchan ya no pueden dejar ver lo que propone; cuando imaginamos, cuando le decimos a alguien que imagine, ya no hay vuelta atrás.

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Nosotr@s la fuerza de este pronombre es la fuerza y la esencia de nuestra historia como especie. Hemos cazado, nos hemos alimentado, hemos luchado y sobrevivido juntos, salimos de la cueva y empezamos a andar apoyándonos en el hombro de nuestro semejante.  Está en nuestra genética, las sociedades más avanzadas permiten que sus integrantes colaboren y se ayuden mutuamente. Es un pronombre indispensable para salir de los conflictos, llegar a acuerdos, proponer avances y soluciones. Hace que nos de alegría vivir y nos de menos miedo, algún día, morir.

Quiero como antídoto de los “tengo que”, “hay que”, “debería”, “no tengo más remedio”. Elijo como una de las más altas capacidades que poseemos. Demuestra voluntad, coraje, determinación, da confianza a quién lo usa y a quién lo recibe, evita la excusa y la queja, nos da vuelo y difumina el efecto de sus “archi” enemigos los “me cuesta”, “complicado” “difícil” “imposible” y todo el elenco de palabras esforzadas y pesadas. Permite una de las emociones más imprescindibles, esa que fue liberada por Pandora junto a todos los males, la esperanza.

Pálpito frente a lo razonable, el mundo de la lógica, las listas de pros y contras, surge esta palabra que accede directamente a nuestra parte inconsciente, que, por otra parte, ocupa más del 90% de nuestro cerebro. Nos recuerda aquello que demostró Antonio Damasio en sus investigaciones, y es que cualquier decisión que tomemos está sustentada en una emoción, rápida, irreflexiva, intuitiva. “Me late”, “me lo dice mi instinto”, sigue tus pálpitos, escúchalos, exprésalos y entrénalos, a todo ello se le llama “inconsciente adaptativo” y hace que tengamos una vida más precisa.

La metáfora es la joya de la corona del lenguaje, la más alta cima, la más elevada expresión de densidad. Con ella nos volvemos recordables, memorables. Da el máximo de información con el mínimo número de palabras, sustenta las historias que tejen nuestros recuerdos y aquellas que proponen el futuro. Nos ofrece la posibilidad de tener más influencia porque a través de ella nos entienden mejor, tenemos más claridad, somos más visuales y más reconocibles.

 

José Luis Hidalgo

Mail:  jlhidalgo@inteligenciaenellenguaje.com

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Asertividad

Zorba y la asertividad

Nos cuesta mucho expresar cómo nos sentimos cuando alguien querido o de nuestro entorno más inmediato tiene un comportamiento, que bajo nuestro punto de vista, resulta poco adecuado: llegar tarde, entregar un informe en mal estado, que nuestro hijo no recoja la habitación, que alguien nos trate injustamente…, es entonces cuando solemos callar, hasta la próxima, y de este modo, decimos cuando ya no podemos más, cuando la gota colmo el vaso y la emoción del enfado nos invade. Así decimos mal, tarde y con poca precisión. Sin embargo si practicamos la asertividad podremos generar vínculos más satisfactorios, seremos directos pero amables, expresaremos exactamente cómo nos sentimos siendo conscientes de que habrá una posibilidad de que esa persona cambie en algún momento ese comportamiento inadecuado en otro más correcto. Por eso conviene que practiquemos el espíritu de Zorba en algún momento de nuestra vida.

zorba the greekZorba el Griego es Anthony Quinn y ambos son mucho más que un actor genial y un personaje fabuloso de película, son una forma de estar en la vida, de pensar, actuar y, en definitiva, de amar. Porque los dos aman mucho y muy intensamente: aman el trozo de pan que llevan a la boca, la tierra que pisan sus infatigables pies y las personas que tienen la oportunidad de encontrarse por azar, porque, en realidad, son de los que encuentran, no de los que andan buscando. Aman lo instantáneo de su sombra, la música, la poesía, la fiesta irredenta, bailar hasta el infinito y hacerlo en serio, como si les fuera la vida en ello. Cuando bailan se quitan la chaqueta, la tiran al suelo, se arremangan “bailar, ha dicho usted bailar…” su entonación cambia, se vuelve más enérgica, entusiasta y decidida, compadrean entrelazados por el ritmo, las manos y el lenguaje que manejan con gracia y acierto.

Zorba es una gran película que define el cine como arte indiscutible. Pero, además, para nosotros sus últimos 10 minutos de metraje son el momento en el que percibimos, aprendemos, y comprobamos parte de lo que queremos ser y cómo queremos vivir nuestra vida. En esos 10 minutos todos querríamos ser como Zorba, tener su agilidad y frescura, sentirnos libres como él con un punto de irresponsabilidad, bebernos la vida a cada trago y atragantarnos hasta que nos duela el festín, querríamos vivir intensamente y a cada bocanada sentir que nos falta el aire y, por eso, llenarnos los pulmones.

Zorba, el griego 11En esos 10 minutos Zorba arruina la vida al personaje que interpreta Alan Bates, pero, al mismo tiempo, se la salva. Después de que se venga abajo la obra de ingeniería que el segundo confía al primero, Zorba le dice algo que sólo son capaces de decirte los buenos amigos: “Maldita sea, jefe, le aprecio demasiado como para no decírselo… usted lo tiene todo excepto una cosa: locura, y un hombre necesita un poco de locura o si no… si no nunca se atreverá a cortar la cuerda y ser libre…”.

Ser libre, así que de eso se trata, de cortar la cuerda, de poner un poco de locura a la propia vida y tomársela medio en broma, medio en serio, se trata de reírse de vez en cuando de uno mismo y darnos poca importancia, de relativizar, asomarnos al abismo de la vida o de la muerte y sonreír ante lo que allí vemos. Cada vez que lo hacemos nos volvemos más ligeros, aliviamos la carga y nos concedemos, por fin, vivir por encima de nuestras realidades. La vida como un embarazo, todos los días la fecundamos o nos olvidamos de hacerlo, todos los días una oportunidad para sentirte libre y ejercer nuestra libertad, aunque sabemos que tenga un coste en forma de malentendido, herida, enfado o crítica.

A la mayoría nos gustaría ser Zorba o, al menos, tenerle cerca para que nos susurre lo mismo, “un poco de locura para que la vida se vuelva apetecible”, porque también es bueno expresar, decir al otro lo que piensas que tiene que mejorar, y decirlo desde el aprecio y el cariño, buscando emociones positivas, o al menos neutras, para explorar el maravilloso mundo de la retroalimentación positiva cuando queremos cambiar un comportamiento que no es adecuado; decirlo, saber decirlo con la emoción correcta es un aprendizaje que puede durar toda una vida.

Así que nuestro consejo es que sigáis a rajatabla las lecciones que nos ofrece el lenguaje positivo y que en este momento os ofrecemos:

1. En ese aprendizaje mejor no utilizar los absolutos (siempre, nunca, todos, nadie, nada…), ni el verbo “ser” que juzga y etiqueta (es que tú eres…), ni los adjetivos que califican y van a continuación del verbo ser, ni, por supuesto, hablar de otras heridas abiertas y retrotraernos al pasado. Te digo y lo que te digo es algo concreto, directo, sencillo, honesto, es algo que he comprobado yo y no es un rumor, como te aprecio demasiado… te lo digo.

2. Es importante decir cuál es el sentimiento y las consecuencias que tiene la conducta inadecuada, ofreciendo de forma clara el daño que se está produciendo; “cuando llegas tarde a una reunión el equipo se siente mal y tenemos que retrasar la toma de decisión o el resto de reuniones” “cuando dejas la habitación con ropa tirada siento que no ayudas en que estemos bien en casa”

y 3. Ofrecer la conducta querida y constructiva: “y por eso te pido que agendes bien las reuniones o que avises si vas a llegar tarde para poder empezar cuanto antes” “y por eso te invito a antes de irte al cole recojas la habitación o que dediques un tiempo por la noche para recoger la ropa”. Es muy interesante que en esta fase utilicemos verbos amables y asertivos como “invitar, ofrecer, pedir…”

Te deseamos que lo ejercites siempre que puedas, acuérdate de Zorba y su “Maldita sea, jefe, le aprecio demasiado como para no decírselo…” 

 

José Luis Hidalgo

Mail:  jlhidalgo@inteligenciaenellenguaje.com

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Lenguaje Positivo

Lenguaje positivo en equipo

“Había una vez…”, así empiezan los cuentos y las historias que alguna vez nos emocionaron, pues había una vez un grupo de personas que diseñó un proceso para entrenar el lenguaje y las personas que comenzamos aquella aventura desarrollamos programas individuales de entrenamiento del lenguaje positivo para roles directivos y responsables de proyectos y de equipos. Entendíamos, en aquel momento, que las palabras tienen el efecto de una piedra lanzada al agua, produce ondas y vibraciones nuevas que, según la persona, puede llegar hasta su entorno más inmediato, familia y equipo, o incluso más allá.

De repente (qué sanos son los “de repentes” en la vida” , como en toda historia que  se precie,  apareció una persona muy querida para nosotros, Zaida Brazón, que nos pidió un impulso diferente:

“¿y si además de entrenar a los individuos también desarrolláis un plan de trabajo para equipos?”

Desde aquel reto hemos desarrollado el lenguaje positivo en, concretamente, cinco equipos naturales de trabajo, digo naturales porque son equipos donde sus miembros se ven asiduamente, comparten espacio y tiempo, deseos y, a veces, frustraciones. Se enfadan juntos, superan los obstáculos juntos, pasan más del 80 % de su tiempo real… juntos. Y en esta situación han sido capaces de crear un nuevo lenguaje en algunos casos, o de sacarle brillo al que tenían en la mayoría, nuestra última experiencia con Weleda así nos lo muestra.

Con este equipo hemos pasado esta semana la frontera de las 5 sesiones, hemos desarrollado ejercicios de todo tipo, creando una estupenda comunidad de aprendizaje lingüística donde comparten palabras, logros y, fundamentalmente, expresiones desde el yo o el nosotros “enriquecido”. Poseen una característica fenomenal para un equipo de alto rendimiento, poseen un catálogo diverso y rico de palabras para expresar diferentes sentimientos o situaciones [en la última puesta en común cada uno de los integrantes utilizaron las siguientes palabras para expresar sus pequeñas victorias :

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Y la historia continua, porque no sólo siguen realizando el entrenamiento con Diana y conmigo, sino que también han decidido tener un tiempo a la semana para que el equipo pueda avanzar en su lenguaje. Han decidido ser autónomos y explorar juntos (de nuevo esa palabra) la selva de su lenguaje, apoyados por nosotros y, a la vez, con la sensación de que son capaces de tener por si mismos un final feliz para este cuento, el cuento de llevar inteligencia y conciencia al lenguaje que tenemos.

¡Enhorabuena a Weleda y a las personas valientes que la componen!

Jose Luis Hidalgo